Hoy sí podemos estar orgullosos

“Sólo podemos prever un poco de lo que pasará en el futuro, pero lo suficiente para saber que aún queda mucho por hacer”

Alan Turing

 

En 1952, tras décadas al servicio de la computación, las matemáticas y lo más importante, tras haber diseñado el aparato que rompió los códigos de la máquina Enigma y haber decantado en favor de los aliados el destino de la Segunda Guerra Mundial, fue condenado por “perversión sexual” por los tribunales ingleses a consecuencia de su condición homosexual. Durante años fue ignorado, vilipendiado y sometido a un tratamiento de castración química que le acarrearía problemas de salud severos que le abocarían al suicidio dos años después, en 1954. Viendo su carrera profesional truncada y su futuro cercenado decidió pegarle un mordisco a una manzana envenenada con cianuro que acabara con su sufrimiento. Dicha manzana sería rescatada por Steve Jobs y Wozniak como logo de quizás la mayor empresa tecnológica del mundo a fecha de hoy: Apple. Ni siquiera su muerte consiguió acallar el debate en torno a su figura. Tras habérsele concedido el idulto póstumo por parte del gobierno británico, el primer ministro David Cameron se lo retiró con la excusa de que en dicha época efectivamente la homosexualidad era delito, por lo que no veía causa alguna por la que mantenérselo. Finalmente tuvo que intervenir la reina Isabel II, la cual dio orden expresa en 2013 de que se le concediera de nuevo, limpiando así su figura y reconociendo su colosal legado. Este sólo es uno de los millones de casos a lo largo de la historia que han visto cómo ciertas orientaciones sexuales han sido sinónimas de prisión, tratamientos hormonales o en muchos otros casos, condena a muerte y paredón.

Turing, a parte de ser un ejemplo histórico que jamás deberá caer en el olvido y una de las mentes más lúcidas y preclaras de todo el siglo XX, fue en cierto modo un profeta. Su ejemplo ha pervivido entre nosotros y su advertencia es aún más clara y rotunda a día de hoy que cincuenta años atrás. El problema no está sólo en conquistar derechos para las minorías oprimidas, que ya de por sí es una tarea faraónica que bien puede durar siglos y verter ríos de sangre, sino el hecho de mantenerlos e impedir que quienes viven por y para el pasado resuciten el fantasma de la intolerancia y la opresión. Por eso mismo, parafraseando a Popper (y aunque suena en sí mismo un tanto contradictorio), tenemos que reservarnos el derecho a ser intolerantes con los intolerantes. Esto es, defender a ultranza un modo de vida, que con sus defectos y virtudes, ha logrado la convivencia pacífica entre minorías y mayorías y acabar con la dicotomía, aún presente en muchas sociedades a día de hoy, entre perseguidos y perseguidores, víctimas y verdugos, ciudadanos de segunda y ciudadanos de primera. El orgullo hay que entenderlo, bajo mi punto de vista, desde dos ópticas completamente distintas: estática y dinámica. La primera de ellas no sería más que lo expuesto anteriormente. A propósito de este punto, me gustaría hacer una pequeña aclaración al respecto. Quienes en su obsesión por mediocrizar y vulgarizar este acto han tratado de politizarlo o ideologizarlo deberían replantearse por qué no son capaces ni un sólo segundo de aparcar las rencillas, y sobre todo, aparcar el odio, ni siquiera en un acto destinado a conmemorar un logro histórico del que ha participado casi toda la sociedad española en cierta medida, tarde o temprano. Soy completamente contrario a la moral ultraconservadora que ha caracterizado a ciertos partidos políticos durante muchos años y aplaudo que haya sido duramente criticada, faltaría más, pero también entiendo que el leitmotiv de este evento es el amor y no la disputa. De vez en cuando estaría bien perdonar y aceptar a aquellos que no quieren otra cosa que redimirse de ciertos errores pasados. Sinceramente, creo que esta postura ennoblecería mucho incluso a aquellos cuya única virtud es el desprecio sistemático al prójimo. Vuestra naturaleza no va a cambiar en absoluto por el mero hecho de reprimir los abucheos y las descalificaciones, pero por lo menos nos haríais un favor a quienes de verdad queremos disfrutar de este tipo de acontecimientos, en los que la inclusión debería ser una máxima y no un lujo reservado para unos pocos. Para terminar, ¿qué quiero decir cuando digo que hay que juzgar el orgullo desde un punto de vista dinámico? Somos herederos de los aciertos y errores de las generaciones que nos precedieron, y como tal, somos responsables directos de lo que hagamos con su legado. Es impresionante que tan sólo cinco años después de que la sociedad inglesa viviera dividida entre si concederle a Turing el trato que se merecía o no, póstumamente, eso sí, aquí en Madrid hayamos experimentado estos últimos días el verdadero significado del respeto. Hemos sabido hacer de la diversidad un tesoro y de la tolerancia un motivo de orgullo. Sin lugar a dudas hemos honrado la memoria de aquellos que ya no están pero cuyo recuerdo está más vivo que nunca. La historia algún día nos juzgará, al igual que nosotros juzgamos a día de hoy a aquellos que nos precedieron. A día de hoy, al menos en este aspecto (ya veremos en otros tantos), podemos decir que hemos dado la talla y le dejamos a nuestros hijos y nietos un mundo mejor del que nos dejaron. Ese es motivo suficiente de orgullo. La bandera LGBT ondea ahora más fuerte que nunca. Misión cumplida.

 

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