Personas despreciables

Voy a dedicar este breve artículo a cierta gente que me ha llamado bastante la atención estos últimos días. Soy perfectamente consciente de que el mero hecho de dedicarles unas cuantas horas de nuestra vida implica otorgarles una importancia que no tienen y que, en mi opinión, no deberían tener. El día en que su voz tenga valor, nos podemos empezar a dar por jodidos. Bien jodidos. La posición más comedida sería la de intentar aparentar aunque sea una mínima neutralidad y no dejarme llevar por lo visceral, y en definitiva, por la descalificación. Podría, pero no lo voy a hacer. No lo voy a hacer porque hay una línea bastante gruesa que separa la opinión de la ofensa personal. Y ellos la han cruzado con creces. Voy a tratarles como lo que son y como se merecen. ¿Ofensivo? Sin lugar a dudas. También lo es haber perdido a varios miembros de tu familia a manos del cáncer y tener que escuchar a cierta escoria banalizar sus muertes y la de muchos otros que se debaten entre la vida y la muerte esta misma noche en una cama de hospital. Creedme, es muy duro. Quizás vosotros ya lo habéis pasado o lo estéis pasando en estos momentos. En dicho caso entenderéis mejor aún mi postura.

¿Qué es entonces ser despreciable? Ser despreciable consiste en, por ejemplo, subordinar a las envidias personales y todo tipo de rencillas políticas la vida de enfermos de cáncer. Por ejemplo. Ya no sólo el hecho de que sus representantes políticos decidan por ellos si es necesaria o no una donación para equipos médicos de prevención y tratamiento (que por cierto, ciertos periodistas en su obcecación por defender su maldita ideología, consideraban totalmente prescindibles), sino el hecho de insultar a muchos enfermos, algunos de ellos en estado muy grave, por mostrar su apoyo al empresario que las ha hecho, cuyo nombre me voy a ahorrar citar, puesto que es de sobra conocido. Que podemos discutir acerca de la legitimidad y la validez moral de los métodos empleados por las multinacionales, por supuesto. Que asimismo podemos ser críticos con ellas y podamos exigir ciertos cambios en su forma de operar (responsabilidad social corporativa), claramente. Ahora bien, negarles a enfermos de cáncer la posibilidad de ser tratados con nuevos recursos (que por cierto, son totalmente legales y legítimos) refleja una bajeza moral solo calificable como asquerosa. Es ciertamente repulsivo. Muchas veces me pregunto qué hace mi abuelo debatiéndose entre la vida y la muerte y luchando contra esa puta enfermedad y no están esos cerdos ahí pagando ellos mismos las consecuencias de su falta de decencia y humanidad. La vida no es justa, dirán algunos. No, la verdad es que no lo es. Cada vez que pienso que Adrián pasó los últimos días de su corta vida recibiendo insultos y deseos de muerte por el simple hecho de que su sueño era ser torero, pienso en que tiene que ser una broma. Algo así no puede estar pasando. Pero lo cierto es que sí, está pasando y cada vez se suma más gente a este show de degradación moral. ¡Cómo coño se le puede desear la muerte (e incluso finalmente aplaudirla) a un niño por querer ser torero! No hay palabras para describirlo. Tampoco hay palabras para describir que gran parte de la policía moral que criticaba las donaciones para enfermos de cáncer por ser “fruto de la elusión fiscal y la explotación infantil” no tardara ni un segundo en firmar una petición para exonerar a Cristiano Ronaldo de su pena por defraudar (ojo, esto sí que es un delito) más de quince millones de euros a la Hacienda Pública. Dicen algunos que una ardilla podría cruzar toda la península ibérica saltando de árbol en árbol. Bien, pues yo digo que lo tendría mucho más fácil si lo hiciera de gilipollas en gilipollas, que hay bastantes más y muchos de ellos con menos materia gris que la propia ardilla. Una cosilla para rematar el tema del toreo: se puede ser animalista y no ser un hijo de puta. Se puede ser animalista y no aplaudir la muerte de un pobre niño que bien podría ser vuestro hijo, joder. A mí personalmente no me gusta el toreo, y entiendo que todo aquel que lo practique se expone a un riesgo considerable de resultar gravemente herido. El torero fallecido hace un par de días fue plenamente responsable de lo que hizo y su experiencia acabó de forma fatídica, como todos sabemos. Fue su decisión y me temo que ha pagado las consecuencias con creces. Pero volvemos a lo mismo, ¿aplaudir la muerte de un ser humano y equipararla con la de un animal?¿Burlarse de su mujer y su hija pequeña por lo sucedido? Por favor, ¿hasta dónde vamos a llegar?

Este último párrafo se lo dedico a aquellos que no han renunciado a hacer lo que yo acabo de hacer con este artículo, que es en definitiva denunciar cierta suerte de degradación moral que lamentablemente denota lagunas culturales y éticas muy profundas en ciertos sectores de la sociedad. No calléis. Vuestra voz es más importante ahora que nunca. Decía Pérez Reverte que el problema de nuestra época es que los hombres buenos han decidido callarse para no verse acosados por los ignorantes y la gente, si es que se les puede llamar así, descrita anteriormente. Los héroes sí existen. En estos momentos están sentados en una cama de hospital preguntándose si su lucha acabará y podrán finalmente volver a su casa y disfrutar del amor de sus familiares y de quienes le aprecian y quieren, también están llorando la muerte de su hijo tristemente fallecido tras una batalla interminable contra el cáncer o intentando que pasen a la historia como lo que fueron, héroes, con todas las letras. No permitamos que reescriban su historia. Ellos no. Tenemos una gran responsabilidad. La moral no es negociable. Dar la cara por ellos tampoco.

 

 

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