En contra de las ideologías

“Las redes sociales están llenas de mucha gente con ideología, pero sin biblioteca”

Pérez-Reverte

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Por supuesto, antes de empezar, habría que definir qué es la “ideología”. No aspiro en este artículo a recoger las distintas acepciones que se dan en la RAE, ni siquiera citar a filósofos y ensayistas muy versados en el tema, como por ejemplo Terry Eagleton, cuyo libro Ideology recomiendo encarecidamente. Aún a sabiendas de las limitaciones que suponen escribir sobre un tema tan extenso en un par de párrafos, y obviamente, las mías propias, voy a dar mi propia definición, fruto principalmente de las decepciones que he vivido con respecto a este tema. El objetivo de este artículo es invitaros a la reflexión, ni mucho menos afirmar o peor aún, como se empeñan en hacer muchos últimamente, imponer.

Quien haya estudiado o se haya interesado alguna vez por alguna ciencia social, bien sea la sociología o la economía, se habrá percatado de lo necesarias que son las etiquetas y las clasificaciones para sistematizar el conocimiento e intentar poner un poco de orden en medio de tanto caos. Precisamente debido a su complejidad y al alto grado de subjetividad que encierran se hace muy difícil definir los distintos conceptos que las articulan y muchas veces es muy farragoso discernir entre la paja y lo crucial. Es conveniente sacrificar detalles en pos de una visión más global que nos permita viajar desde los más general hasta lo más particular. Otro problema, no menos importante, es el de los intereses y valores personales, que condicionan en gran medida los resultados de nuestras investigaciones. La deducción de premisas en multitud de ocasiones se da por medio de consideraciones puramente arbitrarias. Esta es una de las razones por las que ciertas ciencias como las matemáticas (y cada vez en mayor medida, la física), han encontrado su sitio en disciplinas como la economía, donde el rigor y la necesidad de un método lógico-deductivo, subordinado, por supuesto, al contraste empírico, hacen cada vez más indispensable su uso a medida que el contenido a tratar se vuelve más y más complejo. Precisamente es este el punto crítico donde creo que hemos de incidir para hacernos una idea de la verdadera magnitud del problema. Ahora bien, es necesario antes de nada hacer una clara distinción entre dos conceptos estrechamente relacionados entre sí pero que no se autoimplican: valores e ideología. Definiremos los valores como cualidades que apreciamos en un objeto moral (sobre si su carácter es relativo o absoluto aquí no lo vamos a discutir). Estos guiarán nuestra conducta y por supuesto fundamentarán nuestra moral. El hecho de que las ideologías están cimentadas en ellos no se trata de ningún misterio, no obstante, el error está en identificar a una ideología en concreto con un conjunto de valores, pues esta es mucho más que eso. A lo que aspiran en la mayor parte de los casos las ideologías es a dar el salto desde las hipótesis hasta la tesis. Todas ellas parten del rechazo de legitimar las conclusiones en base al método científico y en vez de esto las legitiman por la supuesta bondad moral de los valores que la sustentan. Me explico. Para los liberales, por poner un ejemplo, la liberalización de un sector en particular de la economía se derivará en resultados deseables no por los resultados en sí mismos que ofrezca dicha liberalización (que serán positivos a priori si están basadas en dicho cierto ideal), sino porque el hecho de liberalizar viene en consonancia con los valores que sustentan la ideología liberal, en especial la libertad entendida como ausencia de coacción política. Los datos empíricos pasan a un segundo plano y su papel se limitaría a: en caso de coincidir con las concluciones esperadas, reafirmar el método, y en caso de no coincidir con estas, simplemente rechazarlos o bien culpar del desastre a que la liberalización se ha “quedado corta”. Esta prostitución de los datos empíricos no sólo se da con esta ideología en concreto, sino con todas ellas. De esto ya se dieron cuenta Marx y Engels cuando desestimaron a los socialistas utópicos (el mote, por cierto, se lo pusieron ellos) y se distanciaron de estos con el nacimiento del “socialismo científico”, que no fue más que un intento de hacer de la diamat algo distinto del resto de “ideologías”, como las denominaba Marx de forma despectiva. La característica común a todas ellas es el rechazo al método científico, elaborar un sistema de causas necesarias y fines últimos que encarnan el sentido de la vida y proporcionar pautas absolutas para enjuiciar acontecimientos y acciones, a parte de señalar cuál es el mal a combatir. Algunas se caracterizan por un fuerte componente mesiánico, en ocasiones cuasi religioso. Este es el claro ejemplo del marxismo con su promesa del paraíso en la vida terrenal. Otras, como el anarcocapitalismo o anarquismo de mercado, hacen más énfasis en proporcionar dichas pautas que le permitan a uno enjuiciar cualquier acontecimiento, bien sea social o económico, basándose en un sistema cerrado de dogmas que, a la vez de dotar a los hechos de bondad o maldad moral en función de su adecuación a determinados valores, permiten dar el paso y obtener conclusiones aún sin tener idea alguna de lo que se está hablando.

He aquí el gran atractivo de las ideologías. Prometen al ignorante llegar a la verdad de una forma fácil y segura. El riesgo es mínimo y la inversión en tiempo de formación es prácticamente inexistente. El reduccionismo es la alternativa más barata y que mejor se ajusta a lo que se espera de nosotros en una época marcada por la comunicación instantánea y las redes sociales. Los matices y los términos medios, señales de identidad de todo trabajo intelectual completo y elaborado, se han visto sustituídos por una visión maniquea de la realidad en la que todo se reduce a blanco o negro; o estás conmigo, o estás contra mí. Como anticipó George Elliot hacia la mitad del siglo XIX:

It is much easier to say that a thing is black than to discriminate the particular shade of brown, blue or green, to which it really belongs. It is so much easier to make up your mind that your neighbour is good for nothing than to enter into all the circumstances that would oblige you to modify that opinion

Todos nos vemos en la obligación de tener una opinión acerca de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. En la mayor parte de los casos nos reconocemos ignorantes acerca de una u otra cosa, pero creemos que callar implica decirles al resto “soy un ignorante”. Las redes sociales han acentuado este hecho y son unas de las máximas responsables de la transición al capitalismo de la información, a la época de los doers y de los users, como la denominan algunos autores. Muchas veces la única solución superficial para cubrir las inmensas lagunas que tenemos respecto de algún tema (en muchos casos, respecto de todos), nos hacen abrazar esta especie de homeopatía del conocimiento, una especie de restaurante de comida rápida en el que nos dan la información cocinada y triturada para su uso inmediato en las redes. Nunca nos había importado menos el conocimiento y tanto aparentar. En muchos casos el intentar hacer ver al resto nuestra erudición se traduce el ridículos que no hacen más que evidenciar la profunda ignorancia de quien escribe. No es casualidad que estemos viviendo desde hace años una de las campañas más brutales de desprestigio a la ciencia y la cultura. En contra de lo que se pueda decir, sí que hay algo mejor que un votante ignorante: un votante ignorante que encima crea que sabe de lo que habla. Tampoco es casualidad que el debate político se esté trasladando cada vez más al terreno de las ideologías y se esté dejando de lado lo pragmático y empírico. Es más fácil vender una utopía que criticar de forma constructiva aquello que puede mejorarse y lo que es más importante, cómo puede mejorarse. Todos sabemos denunciar lo que no nos gusta, lo verdaderamente difícil es encontrar soluciones e intentar encontrar una postura de consenso para conseguir arreglarlo. Por eso mismo, yo, personalmente, reniego de toda ideología, sin que ello implique ni mucho menos renegar de mis valores y de mis preferencias. Es un debate bastante interesante, pero me temo que, por desgracia, ni a los de arriba ni a los de abajo les interesa sacarlo a la luz.

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