¿Qué ha sido de la izquierda?

Hacia el año 1992 salió a la venta uno de los libros más provocadores de las últimas décadas. En él, Francis Fukuyama predicaba con entusiasmo el advenimiento del último hombre; la victoria de la democracia liberal frente a los totalitarismos que tristemente marcaron el siglo XX. La sombra de los juicios de Nuremberg y, mucho más recientemente, el desmoronamiento de la URSS y la precedente caída del telón de acero, eran imágenes que aún permanecían en la retina de aquellos que vivieron para ver el final de la Guerra Fría. La pregunta que todos los ciudadanos se hacían por aquel entonces era: ¿y ahora qué? El libro de Fukuyama, “El fin de la historia y el último hombre”, les sirvió a aquellos grupos reaccionarios minoritarios para poner el acento en lo que ellos denominaron pensamiento único, crítica con la que pretendían mostrar su malestar por la sociedad que estaba por venir, la cual era, en definitiva, la del triunfo del capitalismo y del imperialismo americano. Al verse arrinconada por sus fracasos pasados y por la marginalidad a la que le había condenado la sociedad occidental (no olvidemos que, actualmente en España, solamente un 3% de la población se considera comunista, frente a alrededor un 20% de conservadores, socialdemocrátas y liberales, respectivamente), se escudó en antiguos símbolos y en nuevas proclamas que surgieron a medida que avanzaba la globalización y las economías mixtas y de mercado, que llegaron a penetrar en tradicionales feudos socialistas, como China, Vietnam, Rusia, etc. Aquel sector de la izquierda tomó como bandera el ecologismo, el movimiento antiglobalización, el anticonsumismo y las luchas sociales por las minorías discriminadas, a las cuales ellos anteriormente, por cierto, no solo discriminaban, sino que imponían terribles penas (véase, por ejemplo, el caso cubano con las UMAPs, donde bajo el lema “el trabajo os hará hombres”, el régimen condenó a trabajos forzados a miles de homosexaules). Renunciaron así de forma definitiva a cualquier intento a plantarle cara la status quo, aún lastrados por los fracasos y experiencias pasadas. Ellos mismos aceptaron y se regocijaron de este papel marginal al que la sociedad les había condenado. Era para ellos motivo de orgullo, pues, en resumidas cuentas, no está hecha la miel (o en este caso, el amoniaco) para la boca del asno. Los resultados ya los conocemos todos. Solo ahora durante la resaca poscrisis se están viviendo algunos repuntes notables en el voto de este tipo de fuerzas, como es por ejemplo el caso de Podemos. No obstante, la mayoría de votantes de estos partidos no se consideran a sí mismos partidarios de ideologías de extrema izquierda. La casuística de voto es muy variada, y todas estas fuerzas se están presentando como transversales a la hora de recibir la confianza de muchos ciudadanos que simplemente las consideran la mejor alternativa para poner en su sitio vicios pasados y canalizar el legítimo (y diría yo, perfectamente comprensible) descontento hacia la antigua casta política. Es decir, en puridad no estamos hablando de una fuerza al estilo de IU en España o Die Linke en Alemania, sino de organizaciones que se nutren de las demandas de cambio por parte de la sociedad civil de un sistema político cuyo funcionamiento a todas luces deja mucho que desear. ¿Y qué ha sido entonces de la otra izquierda, los socialdemócratas, también llamados a veces progresistas? Su historia es más bien distinta, y al menos en el caso europeo, tenemos que retroceder a la Europa de posguerra (e incluso al EEUU del New Deal), para ver dichas ideas implemetadas en forma de sistema político. Cabe señalar que los socialdemócratas existen desde el siglo XIX, véase el Partido Socialdemócrata Alemán, fundado en 1875. Lenin los llamó en su obra “Estado y Revolución” socialchauvinistas o directamente traidores y vilipendiados por este hasta extremos inimaginables (es ciertamente curioso que Lenin le dedique una parte entera de su obra a criticar la figura de Kautsky, Bernstein y otros tantos socialdemócratas alemanes). No obstante, estos no alcanzaron el poder y la hegemonía cultural, como le gustaría llamarlo a Antonio Gramsci, hasta la llegada del denominado consenso keynesiano tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque la socialdemocracia haya perdido fuelle tras la contrarrevolución conservadora (o directamente, neoliberalismo), aún sigue siendo el planteamiento político dominante podríamos decir que a nivel mundial. El conservadurismo y, sobre todo, el liberalismo, se han visto fuertemente influídos por esta. En estos momentos cualquier partido político que se precie, al menos en los países del primer mundo (excepto últimamente EEUU), reconoce la urgencia de actuar contra el cambio climático, coinciden en las bondades del comercio y, por supuesto, los derechos de ciertas minorías que hasta hace bien poco eran perseguidas y condenadas. Incluso los partidos conservadores, aunque con más esfuerzo y reticencias, han evolucionado incorporando dichas consignas a sus planteamientos y líneas de actuación. Lo mismo ocurre en materia económica. Ningún partido, bajo mi punto de vista, por suerte, propone la destrucción del Estado de Bienestar o de ciertas prestaciones sociales, si bien podemos encontrar obviamente distintos matices entre ellos acerca de cómo se ha de llevar a cabo la gestión y otra suerte de aspectos.

Estamos ahora en disposición de responder a la pregunta: ¿qué cabe esperar de la izquierda? A la primera de ellas no le auguro un futuro muy prometedor a no ser que opte por redefinirse y actualizarse, cosa que parece poco probable. Su carta de presentación ha sido copiada en muchos aspectos por todo tipo de partidos políticos y las banderas que llevan tanto tiempo enarbolando ya están siendo utilizadas, y en muchas ocasiones con más eficacia, por partidos socialdemócratas o liberales. El elemento de exclusividad y diferenciación lo han perdido. Algunos políticos como Alberto Garzón ya se han percatado de ello y han optado por coger el toro por los cuernos, al menos de cara a la galería, y así aprovechar al menos la polarización y el desgaste: convertir al comunismo en alternativa. Un pequeño inconveniente es que llega un siglo tarde; otro y aún más importante, que el yunque y el martillo es a la recogida de votos lo que Manel Navarro a Eurovisión: último por la cola y alternativa para rellenar el botijo, porque lo que es el partido, lo único que va a hacer es verlo y como mucho desde el banquillo. Por otra parte, el futuro de la socialdemocracia es, en mi opinión, bastante más incierto. Dependerá en gran parte de la capacidad de las países líderes para demostrar a sus ciudadanos que existe una tercera vía y que esta funciona; de demostrarles que la economía de mercado es lo más eficiente de lo que disponemos en estos momentos para la asignación de recursos y el reparto de bienestar, y también en aceptar (no como dogma, simplemente así lo han demostrado siglos de estudio de análisis económico) que el Estado es necesario y que el debate no es tanto si intervenir o no, sino en qué medida hacerlo, atendiendo a múltiples criterios de eficiencia, y por supuesto, criterios éticos. De ella misma depende su propia supervivencia pues, al menos por ahora, la hegemonía cultural ya la ha ganado. En definitiva, la izquierda, al igual que la derecha, ya ha vivido su escisión fundamental, y el resultado de esta es la victoria y a la vez el fracaso. Al igual que el liberalismo ha conseguido domar estas últimas décadas al conservadurismo, la socialdemocracia ha hecho lo propio y se ha erigido como la auténtica alternativa de la izquierda. ¿Podrá el liberalismo confluir con la socialdemocracia para construir esa tercera vía? That is the question.

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