Menos amor y más mandar a la mierda

 

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“Tiene gracia que en una entrevista soltara la siguiente perla: “Soy más simpático de lo que parece. Todo el mundo me lo dice cuando me conoce”. Lo sentimos, Fernando, pero no cuela…” Diez Minutos

 

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“Entró en el estudio con muchos aires, es una diva” Bruno Mars

 

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“La prepotencia del jugador bueno, rico y guapo que es la envidia de todo el mundo es perfectamente notoria en España, pero la Eurocopa la extiende por el continente y Cristiano pierde simpatías. No puede evitar alardear de músculo a la mínima oportunidad o caricaturizar al débil cuando la situación no aconseja enseñar pectorales” La Vanguardia

 

Este curioso gesto que tanto hacemos, o mejor dicho, que tanto deberíamos hacer, se llama peineta. La wikipedia, como siempre ahí cuando la necesitamos, nos da una larga lista de sinónimos. Los más curiosos, al menos para el autor, son “hacer el gesto del dedo medio” (me recuerda bastante a un teorema, aunque ahora prefiero no caer en cuál era) y “enseñar el dedo vulgar”. Curioso que utilicemos el dedo corazón para mandar a subnormales a freír espárragos o a tomar vientos (esto no me ha hecho falta sacarlo de la wikipedia). Y es que en verdad el dicho es muy acertado. No hay gesto más emotivo y que más emociones desencadene en una persona que este. Por lo general suele tener más efecto para el que lo profesa, pues el destinatario suele ya estar advertido de antemano de que es gilipollas. Lo malo es que el efecto sorpresa suele ser nulo. Si nos remontamos un poco al origen de este gesto nos encontramos con que quienes lo inventaron fueron los (…). Creo que no hace falta mencionar el nombre de aquella cultura de sabios filósofos y semidioses que se dedicaban a escribir y guerrear durante el día y a hacer bacanales y orgías para todos los gustos y en honor a todos los dioses (y había unos cuantos) por la noche. En cuanto me he informado del origen mi primera reacción ha sido gritar ¡Eureka!. Qué otra civilización sino la griega para patentar el “me la suda lo que pienses de mí” y encima para hacerlo con la elegancia y frescura que les caracterizaba. Por suerte, ni en el incendio que arrasó la biblioteca de Alejandría ni tras un par de milenios de historia este gesto se ha perdido en el olvido, y sí, me considero en la obligación de reivindicarlo. Quienes me conocéis personalmente sabéis que lo hago prácticamente a todas horas, así que este texto lo podéis tomar como una reivindicación personal a largo plazo. Siendo políticamente incorrecto (el adjetivo aplicado a la mayor parte de los políticos sería indecente), mandar a alguien a la mierda es una de las cosas más reconfortantes que hay. Es más, es nuestro deber hacerlo. Es una forma de honestidad con nosotros mismos y con nuestro interlocutor. A lo largo de nuestra vida nos encontramos con gente tan súmamente mediocre  que se ha propuesto como objetivo vital el tirarle piedras a todo aquel que intenta echar el vuelo. Nos encontramos incluso gente que se cree en disposición de repartir consejos acerca de cómo deberíamos llevar nuestra vida mientras ellos se esfuerzan en fingir que tienen una. Llega el punto en que tú, querido lector, te ves acosado por todo tipo de preguntas y al final te crees hasta en la obligación de darle a los demás explicaciones. Parece que no es suficiente con pedirte explicaciones acerca de con quién pasas tu tiempo que encima te exigen que les contestes inmediatamente al whattsapp. Faltaría más. Decirles con quién sales, a qué hora lo haces, hasta con quién te acuestas, es tu obligación. Si no ya sabes lo que te espera. Los hay incluso más crueles. Aquellos que intentan torpedear todo intento de mejora de aquellos por quienes se ven superados. La mediocridad en este caso saca sus garras y las clava en todo lo que pilla. Tú, querido lector (parece que te estoy invocando en una especie de ritual satánico) vas a ser la principal víctima de todos estos cadáveres que se plantan en tu camino. O te encargas tú mismo de apartarlos, o ellos se encargarán gustosamente de apartarte a ti. Existe un dicho en inglés que me sirve para este propósito. Generalmente cuando un anglófono quiere señalar que tiene vergüenzas pasadas o secretos que no quiere que salgan a la luz dice que tiene esqueletos en el armario (to have skeletons in one’s closet). Bien, pues te recomiendo que cojas a toda esa gente y la entierres entre las toneladas de ropa inútil que tienes guardada en tu armario y solucionado. A veces con una peineta no basta. Suelen ser tan carroñeros y retrasados que a lo mejor les tienes que señalar tú mismo el camino. No hay problema. Les pones luces de neón si hace falta o se las enciendes tú mismo. Una buena ostia a tiempo para algunos es la mejor medicina. Y por último, vamos a dedicarles unas cuantas líneas a aquellos que Sócrates dedicó una vida entera. Los ignorantes. Estos son sin lugar a duda los peores. El rencor y la envidia se suelen quedar dentro de la hiena, perdón, de la persona en cuestión. Son sentimientos que arrasan como las termitas todo aquello que encuentran a su paso en quienes las practican. Sin embargo, el ignorante le succiona la energía vital a quiénes le escuchan. Algunos son hasta capaces de faltar a tu dignidad para disimular su falta de neuronas. Son sin lugar a dudas los más difíciles de tratar. Su visión del mundo es tan limitada que lo reducen todo a buenos y malos, y tú no vas a ser la excepción. De estos seres aléjate como de la peste, pues en muchos aspectos son sus primos hermanos. Sin embargo, y ahora viene la buena noticia, son los más fáciles de ignorar. Y aquí entran en juego Alonso, Adele y Ronaldo, como buenos alumnos de las enseñanzas de nuestros antepasados helenos. Nunca el ruido ha sido tan fuerte. Las opiniones de los demás muchas veces amenazan con socavar nuestros sueños y aspiraciones. Nunca el ignorante ha sido tan escuchado y el sabio tan marginado. Nunca ha sido tan importante como ahora reivindicar, además del beso y del abrazo, un buen corte de manga.

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