A la persona que más quiero

No somos conscientes del amor que sentimos por una persona hasta que la perdemos. Y no, no hablo de una historia de meses o años; hablo de la historia de toda una vida, de toda una infancia. Hablo de recuerdos que aún arden en mis entrañas y en las suyas. Hablo de una llama que se apaga ante la impotencia de quien quiere avivarla y de quien quiere mantenerla viva contra todo pronóstico. Hablo del amor que se siente por aquella persona que no ha sentido más que orgullo por ti y que aún estaría dispuesta a luchar cien años más aunque sólo fuera porque su ausencia no destroce el corazón de quien tanto le llora. Aún no me hago una idea de qué será de mí si algún día faltas. Las noches en vela y las lágrimas derramadas son el precio a pagar por tenerte aún aquí. Asumo por completo este sufrimiento si me prometes que te quedarás. La maldición de Sherezade es para mí un regalo si aún puedo disfrutar de tu compañía mil y una noches más. Jamás me había costado tanto decir un “te quiero” y jamás lo había necesitado tanto como ahora.

Decía Borges que uno de los mayores castigos del hombre era saberse a sí mismo mortal. Somos tan ingenuos de pensar que el tiempo es nuestro. Es en estos momentos cuando todo se congela. De repente todo a tu alrededor se hunde cual castillo de naipes y tú, desgraciado, en medio del caos y del desastre, intentas vanamente atrapar el humo con las manos. Todo se derrumba mientras tañen las campanas que anuncian que nada volverá a ser igual; el funeral de una vida que crees que te pertenece, que acaso algún día te perteneció. Tu sombrero y tu bastón aún reposan junto al abrigo de pana negro que lucías hace apenas unos meses, cuando aún desconocías lo de esa puta enfermedad. Mis zapatos hacen crujir el parqué sobre el que hace un par de semanas nos fundíamos en un abrazo que jamás imaginé que podía ser el último. Al fondo del pasillo, sobre la mecedora, una biblia manchada de café y unas gafas de lectura que esperan pacientemente a que vuelvas a recogerlas. Quizás ellas aún no lo sepan. Frente a la ventana del dormitorio, la silueta de un joven otea el horizonte entre sollozos y resignación. Destrozado, vapuleado y hundido, parece que espera una respuesta. Cree merecer una respuesta. Sigue esperando a que vuelvas. Detrás de él, un trozo de papel en blanco y un bolígrafo. Parece ser el mejor homenaje que se le ocurre hacerte. Parece querer devolverte un ápice de todo el amor que le diste. Parece creer que en ese papel en blanco se encuentra la inmortalidad que anda buscando. Esperará a que vuelvas. Te lo promete.

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