El minotauro apenas se defendió

Sé que me acusan de locura, y tal vez de misantropía, y tal vez de soberbia…

Las puertas de mi casa, que son infinitas, están abiertas día y noche para humanos y animales…

Quietud y soledad…

Algunos me llaman prisionero…

Algún atardecer he pisado la calle; no puedo confundirme con el vulgo, soy único…

Los hubo quienes se ocultaron bajo el mar…

De tantos juegos el que prefiero es el del otro Asterión, que viene a visitarme y yo le muestro la casa…

Todas las partes de la casa están muchas veces. La casa es del tamaño del mundo, es el mundo…

Una visión de la noche me reveló que son infinitos los mares y los templos. Todo está muchas veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sóla vez: arriba, el intrincado sol, abajo, Asterión…

Quizás yo haya creado las estrellas, el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo…

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que les libre de todo mal… Corro alegremente a buscarlos… La ceremonia dura pocos minutos… Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos… Donde cayeron, queda…

Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor…

Ójala me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas… ¿Será un toro o un hombre?¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?…

-¿Lo creerás, Ariadna? – dijo Teseo -. El minotauro apenas se defendió.

 

Asterión esperó durante años a aquel que le liberase de su maldición, que no era otra que la de vivir. Como bien diría él, le condenaron desde que nació. Le condenaron a la soledad perpetua, a vivir encerrado en un laberinto que reflejaba la infinitud y la agonía de su mundo, de su vida. Sintió cómo el hijo de Poseidón acechaba bajo los mares. Sintió acercarse a su redentor, a aquel que le llevara a un lugar con menos galerías y menos puertas. Nadie le comprendía. La gente lloraba, oraba y juntaba piedras ante el tétrico espectáculo de mirarle a los ojos al guardián del laberinto. Aquellos que entraban en su refugio, perecían sin él siquiera quererlo. Todo lo que tenía Asterión era a Asterión. Es ciertamente irónico que él mismo negara las acusaciones provenientes de la plebe de que en realidad se trataba de un prisionero cuando él mismo así lo sentía, hasta el punto de abrazar la muerte del filo de la espada de bronce de Teseo. Abrazarla en aras de un futuro en que no se viera obligado a vivir encerrado en su ser, a ser el guardián de una fortaleza que representaba lo que más temía y le aterraba: el infinito. El minotauro cayó ante un semidios, ante el hijo del rey de los mares y hermano de Zeus. Quizás, y sólo quizás, lo más duro en la vida es entender que en realidad Asterión no fue único, como él creía. Tal vez todos estemos esperando a ese redentor que nos libre de esta nuestra cruel penitencia. ¿Y si, en realidad, Asterión, al igual que los templos y los mares, también es infinito? A lo mejor es hora de aceptar que yo soy Asterión, y que tú, querido lector, eres Asterión.

 

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