Los científicos no han dicho aún su última palabra

Todo comenzó en Atenas. Un hombre grueso y de apariencia tosca, cuyo principal objetivo era el de plantarle batalla al nomos sofista, a la justicia y a los valores morales entendidos como un mero consenso, deambulaba de un lado a otro intentando hacer llevar a sus interlocutores a la aporía extrema. Todo lo que creían que sabían, toda la retórica y todos los argumentos vacíos orientados a la confrontación dialéctica se derrumbaban ante su presencia. No todo valía. La confrontación se había convertido en una búsqueda conjunta de ambos interlocutores por y para la verdad. Aquel que pensaba distinto era visto por el filósofo como un compañero de destino, no como un enemigo. Ni siquiera él se consideraba más cerca de la verdad de lo que podía estarlo un esclavo o cualquier ciudadano ateniense. Como no podía ser de otro modo, veía en la confrontación intelectual la más pura muestra de ignorancia y de soberbia. Había nacido el filósofo que marcaría el camino a miles de pensadores que, durante dos milenios, ampliarían sus enseñanzas y pretenderían, con mayor o menor humildad y talento, responder a preguntas tan complicadas como: ¿qué es el ser?, ¿existe Dios?, ¿cómo conocemos el mundo que nos rodea?, ¿existen valores morales universales que deban regir el comportamiento del hombre?… La luz de Sócrates y de sus sucesores irradió la historia de la Humanidad como pocas antes lo hayan hecho. Hija de este proceso milenario es lo que Platón denominó episteme, esto es, ciencia o conocimiento de lo universal. La ciencia era para el maestro de Aristóteles el conocimiento de las Formas, de lo inmortal y de lo necesario, mientras que la doxa u opinión no era más que “conocimiento de las sombras”, en analogía al mito de la Caverna, esto es, conocimiento superficial propio del mundo terreno, basado en la creencia y en la imaginación. Desde que Aristóteles sistematizara todos los conocimientos de Lógica, Botánica, Biología, Física, Ética (…) y acometiera la primera delimitación de las distintas ramas de la ciencia tal cual la conocemos hoy, tuvieron que pasar siglos hasta que científicos como Bacon, Copérnico, Galileo, Leibniz o el mismísimo Newton, bajo influencia del empirismo, firmaran en sus respectivas obras el acta de fundación de las ciencias experimentales tales como las conocemos hoy en día. Desde el nacimiento geometría analítica y el cálculo diferencial hasta el Philosophiæ naturalis principia mathematica escrito por Newton, que constituiría la base de la mecánica clásica y los cimientos de la física moderna, miles de científicos se aventuraban en esta nueva empresa. No obstante, la ciencia no siguió un camino independiente al de la filosofía. Ambas fueron de la mano en la búsqueda de la verdad y del ideal ilustrado de progreso. El método científico y su sistematización pusieron las bases de la sociedad típicamente racionalista que ha pervivido hasta nuestros días. No obstante, esta no ha seguido en absoluto un camino independiente al de la filosofía. Desde el positivismo de Comte hasta el falsacionismo defendido por Popper, la ciencia evolucionó desde planteamientos tales como “los hechos en los que se basa la ciencia se dan a observadores cuidadosos y desprejuiciados, a partir de los cuales podemos inferir leyes y teorías con el mero uso de la razón” hasta “los enunciados de la ciencia tienen que ser falsables, esto es, tiene que haber la posibilidad un hipotético resultado experimental que demuestre que son falsos”. La ciencia pasó de funcionar por inducción a funcionar por falsación y confirmación. Ahí no se frenó su proceso evolutivo, años después Lakatos introduce el concepto de los Programas de investigación y Thomas Kuhn publica La estructura de las revoluciones científicas, en el cual llega a la conclusión de que la dinámica que ha seguido la ciencia desde sus orígenes hasta la actualidad ha estado fundamentada en el sucesivo reemplazo de paradigmas científicos para dar lugar a otros más complejos que incluyeran a los anteriores. Este es el caso de la Teoría de la Gravitación Universal y la Teoría de la Relatividad General, formulada por Albert Einstein en 1916. En conclusión, toda teoría científica está preparada para ser falsada. Ninguna nos dará la verdad absoluta que bsucamos. La ciencia no es más que un proceso dinámico que nos acerca cada vez más a ella. Por supuesto, al contrario de lo que pensaban los positivistas, tiene un claro componente subjetivo. Incluso personas distintas pueden tener percepciones distintas ante un mismo estímulo visual, y no sólo eso, sino que los hechos vendrán determinados en gran medida por nuestros conocimientos previos y nuestras expectativas. El método científico no es totalmente objetivo, pero es de largo el mejor que ha encontrado la humanidad en su ansiada búsqueda de las causas últimas de muchas de las cosas que acontecen a nuestro alrededor.

Ahora bien, en una época en la que prima la palabrería y la ideología, los dogmas y los argumentos vacíos, la religión vestida de formas nunca antes vistas y la fe en las recetas fáciles, es más necesaria que nunca la ciencia. Debemos ser los aspirantes a científicos quienes tomemos las riendas de una sociedad desgastada por las creencias cuasireligiosas y las utopías trasnochadas que nos intentan vender tanto los reaccionarios al sistema como los que se han tirado su vida entera parasitándolo. Decía Platón que el precio de no involucrarse en la política era el verse gobernado por pésimos gobernantes. Matemáticos, físicos, ingenieros, biólogos, químicos, médicos (…), haced uso de vuestro rigor formal y vasta experiencia y combatid el idealismo con empirismo. La ciencia, como digna heredera de la filosofía, debe ocupar el lugar que le corresponde. Ya está bien de ser guiados por profetas y aglutinadores de masas y por sinvergüenzas que agitan el miedo y viejos fantasmas del pasado para perpetuarse en el poder y la corrupción, tanto política como moral. Involucraos en la política, pero no levantando banderitas, repitiendo como papagallos las directrices de la dirección del partido en cuestión y viendo coartada vuestra opinión y vuestros principios. Conservad vuestra independencia, conservad vuestra voz. Trabajad desde fuera, levantad vosotros asociaciones y partidos y tomad las calles y las aulas de institutos y universidades. No os dejéis persuadir por homeópatas vendedores de crecepelo que se valen de la ignorancia y la desesperación para asaltar el poder. Rebelaos contra aquellos que os digan “o yo o el caos” y abrazad el término medio como máximo exponente de virtud. Huíd de los extremismos, que por definición son dogmatismo puro y duro. ¿Quiénes mejor que vosotros para hacerlo? Más filósofos, más científicos y menos políticos.

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