¿Qué le debo yo al baloncesto?

Después de dos años en la retaguardia, ya es hora de rendir un pequeño homenaje a la que ha sido tal vez la parte más importante mi adolescencia. Creo que no sería una exageración decir que el baloncesto a estas alturas es para mí más presente que pasado. Los resultados, como todo en la vida, tardan algún tiempo en aflorar. Es bastante paradógico que sea ahora, y no hace tres o cuatro años, cuando sea capaz de hacerme a la idea de cuánto me ha aportado este deporte y cómo ha ido moldeando mi personalidad a lo largo del tiempo. Cuando echo la vista atrás y me pregunto quiénes de los que algún día formaron parte de mi vida siguen aún ahí, me sorprendo bastante al encontrar que, por poner un ejemplo, no queda prácticamente ninguno de mi etapa escolar. La distancia fue un impedimento y el tiempo hizo el resto. Sin embargo, cuando miro a mi alrededor, veo que ellos siguen ahí. A pesar de marcharme mi último año del que había sido mi equipo durante toda mi infancia, me encontré, para mi asombro, que no sólo las amistades que allí había forjado permanecían en muchos casos intactas, sino que algunas de ellas las recuperé y ahora son incluso más fuertes que antes. Impresionante. Y estoy segurísimo de que mi experiencia la compartiréis muchos de los que le habéis y le seguís dedicando vuestra vida a este maravilloso deporte. El hecho de poder formar parte de un proyecto humano tan emocionante y a la vez tan complejo como lo es pertenecer a un equipo quizás haya sido lo que más me ha aportado de este deporte, mucho más que el juego en sí mismo. A fin de cuentas, un equipo no es más que una recreación en miniatura de la vida misma. Trece personas completamente distintas entre sí, muchas veces con valores y metas personales distintas, que son capaces que trabajar juntos en aras de un objetivo común. Siempre he entendido el baloncesto como la posibilidad de combatir en dos frentes al mismo tiempo: el primero de ellos, junto a mis compañeros, el segundo, con y contra mí mismo; lo mejor de todo, ganar una de ellas implicaba haber ganado previamente la otra. Tanto el jugador como el equipo son innegociables; la importancia de la persona y del grupo es total. Todo lo que ocurrió entre esas cuatro líneas me ha marcado mucho más que cualquiera de mis méritos o desméritos acedémicos. Precisamente ha sido el éxito y el fracaso en el terreno de juego lo que me ha preparado para afrontar retos personales mucho mayores que lo que ganar o perder un partido fue en su día para mí. El hecho de haber encajado y haberme sobrepuesto rápidamente de mis fracasos académicos, a lo que desde hace un par de años dedico prácticamente la totalidad de mi vida, se lo debo única y exclusivamente al baloncesto. Ver detrás de cada fracaso una oportunidad y detrás de cada éxito una advertencia contra el inconformismo se aprende fracasando una y otra vez y habiéndote cargado con la responsabilidad de cumplir con las expectativas que tú mismo te asignas y con las que tus compañeros te ponen a ti. Saber, por ejemplo, reconocer tus propios errores y aceptar una retirada puntual por el bien de los cinco que están al pie del cañón, o bien saber defender tu legado y tu aportación al margen de las críticas o insultos de aquellos que lo único que buscan es destruir aquello por lo que se sienten intimidados. También los hay. Como ya he mencionado anteriormente, un equipo es como la vida misma. Valientes, humildes, orgullosos y también cobardes. Tratar con aquellos que quieren junto a ti construir algo desde el respeto y desde la humildad y plantarle cara a los que solo buscan destruir en base al menosprecio y a la arrogancia son dos cosas igual de importantes a la hora de hablar tanto de baloncesto como de la vida. A fin de cuentas, lo mismo son. Sólo espero volver a tener la oportunidad de colocarme frente a la línea de tiro libre y enfrentarme aunque sea por última vez a ese silencio, a esa soledad, a esa calma. Una de las sensaciones más excitantes y bonitas que he vivido, sin lugar a dudas. Quienes, como yo, ya decidieron ponerle el broche a esa etapa de su vida, les aconsejo que la evoquen, aunque sea de vez en cuando, pues como decía Machado, ni el pasado ha muerto, ni está el mañana, ni el ayer escrito. Quienes aún sigáis disfrutando de él, os diría que la próxima vez que piséis la línea de tiro libre os preguntáseis qué podéis hacer por el baloncesto, y lo más importante, qué puede hacer él aún por vosotros. Yo, al menos por ahora, sólo puedo ofrecerle este texto de agradecimiento. Espero en un futuro poder devolverle todo lo que él me ha dado. Se lo debo.

“El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo” Carlos Fuentes

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