Individualista y con orgullo

Una de las características más sorprendentes de las lenguas vivas es su increíble maleabilidad y poder de cambio a lo largo de los siglos (en muchos casos unas pocas décadas). Siempre me ha resultado bastante curioso que una palabra como “individualismo” suscite últimamente tanto recelo. Acabo de leer un artículo de eldiario.es, en el cual el autor, George Monbiot, culmina la diatriba de estupideces e imprecisiones históricas con la siguiente cita: “el neoliberalismo promueve el individualismo y un comportamiento que solo vela por los propios intereses, y es contrario a la naturaleza de los seres humanos. Hayek intentó explicarnos como somos. Se equivocó. Y el primer paso para deshacer este entuerto es reivindicar nuestra humanidad”. Lo primero que me gustaría es recomendarle leer a Hayek, pues afirmar que en Camino de servidumbre la crítica del austríaco hacia los monopolios es cien veces más laxa que su indisposición a que los trabajadores estén asegurados por el Estado (por cierto, Hayek es uno de los pocos austríacos que defiende a capa y espada la existencia de un Estado Benefactor, en contra de las tesis anarquistas de su mentor), es lisa y llanamente ignorancia. No se puede escribir sobre un autor del calibre de Hayek sin ni siquiera saber de que se está hablando. Pero bueno, mi objetivo en este artículo no es el de elogiar a Hayek, con el cual mantengo muchísimas discrepancias, sino el de explicar por qué yo, personalmente, me siento orgulloso de ser profundamente individualista y por qué considero que el único progreso posible viene de la mano de la diversidad, no del igualitarismo colectivista que nos intentan vender algunos (eso sí, igualitarismo del estilo “Todos somos iguales, pero yo más”).

Tras siglos de pensamiento teocrático y oscurantismo, surge en las ciudadades comerciales de Florencia y Venecia un movimiento cultural que sienta las bases de la sociedad occidental tal y como la conocemos. El legado griego y romano confluyen un milenio después de su ocaso en una serie de manifestaciones artísticas cuyo ingrediente común, independientemente de si tomamos los escritos de Erasmo de Rotterdam o si visitamos la Galería de la Academia en Florencia para contemplar el David de Miguel Ángel, es el humanismo. El Renacimiento dio el pistoletazo de salida a una serie de corrientes intelectuales que configurarían el pensamiento europeo durante siglos, y que ha constituído la base de prácticamente todas las sociedades modernas. Como aventuraría Protágoras milenios antes, el hombre, y no Dios, sería a partir de entonces la medida de todas las cosas. Cuatro siglos después, el Romanticismo daría un paso más y se encumbraría como la más alta manifestación del yo. Este pasaba a invadir todo aquello que lo rodeaba. El hombre no estaba dispuesto a plegarse siquiera a las leyes dictadas por la razón. La rebeldía invadió el corazón del romántico mientras el Antiguo Régimen empezaba a agrietarse. El poder absoluto del monarca, hasta este momento incuestionable por proceder directamente de las manos de Dios, por primera vez desde hacía siglos pendía de un hilo. A lo largo y ancho de Europa liberales y nacionalistas le plantan cara al orden preestablecido. En las Cortes de Cádiz un conjunto de representantes de todos los rincones del imperio español, en plena Guerra de la Independencia, redactan 384 artículos que toman forma en una serie de derechos y deberes recogidos en la primera Constitución liberal de la historia del país. En Francia, tras la Revolución Francesa, el Primer Imperio Francés y la consecuente restauración de la monarquía tras la caída de Bonaparte, en el año 1848 los franceses consiguen tumbar el reinado de Luis Felipe de Orleans y se proclama la Segunda República Francesa. En EEUU, las trece colonias se levantan en armas contra el Imperio Británico tras el motín de Boston, y años después, tras la firma del Tratado de París, ya investido como presidente de la república, el general George Washington proclamaría que “Todos los ciudadanos nacen iguales, que están dotados por el creador por una serie de derechos inalienables, entre los cuales figuran el derecho a la vida, a la libertad y al alcance de la felicidad”. Ochenta años después los estados unidos del norte se enfrentarían a los estados confederados del sur por la efectiva abolición de la esclavitud. Antes de acabar la guerra, el presidente republicano Abraham Lincoln firma la Proclamación de Emancipación, anunciando que todas los esclavos de los estados confederados serían liberados al terminar la guerra. Ya en 1963, el pastor Martin Luther King hizo una llamada multitudinaria en Washington, frente al monumento a Lincoln, al cese de la violencia y la hostilidad hacia los afroamericanos. Las leyes de segregación racial terminaron siendo abolidas, demostrando por enésima vez que sí es posible. Dénme un punto de apoyo y moveré el mundo, afirmó Arquímedes. Yo más bien diría, ¡dénme una persona y una idea y moveré el mundo!

Digo alto y claro que soy individualista porque la auténtica soberanía no reside en la sociedad ni en las mayorías, sino en el individuo. Es este la medida de todas las cosas, y por tanto, poseedor de una serie de derechos inalienables e inviolables y último responsable ante sus actos. Creo en la libertad como único valor imprescindible para el desarrollo de una persona en toda su plenitud y en la diversidad como verdadera fuente de riqueza de la sociedad. Defiendo por encima de todo la igualdad de cada uno de los ciudadanos ante el imperio de la ley, independientemente de su raza, sexo u orientación sexual, y manifiesto deseable e incluso como imperativo moral la igualdad de oportunidades, sin que ello se traduzca necesariamente en igualdad de resultados, siendo el Estado de Derecho el único mecanismo posible que puede garantizarlo. Identifico el individualismo como la férrea e incuestionable voluntad de cualquier persona a ser ella y sólamente ella la que lleve las riendas de su propia vida, siendo esto perfectamente compatible con la naturaleza social del ser humano, y por supuesto, con el altruísmo y la buena voluntad. El egoísmo es, literalmente, atender al propio interés y no al de los demás, y no veo que el hecho de que una persona quiera llevar las riendas de su propia vida sin obedecer a dictados externos sobre cómo debe conducirla implique necesariamente no atender al interés del prójimo; buena muestra de ello es la familia, institución que encarna por sí misma el atruísmo y la generosidad entre iguales y que conjuga el respeto por la voluntad de todos y cada uno de sus miembros con un apoyo incondicional en los momentos más duros y difíciles. Esta es la humanidad que usted anda buscando, señor Monbiot. No necesito más humanidad que me dejen llevar las riendas mi propia vida y que no me imponga ni usted ni muchos otros, por mucha mayoría que se crean que son, cuáles han de ser mis valores o qué es lo moralmente correcto. Yo lo tengo bastante claro. No pierda usted el tiempo y aclárese los suyos.

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