Ley LGBT y moral privada

Cum finis est licitus, etiam media sunt licita” Hermmann Busenbaum

Este ley es para muchos una de las decisiones políticas más controvertidas de los últimos meses, y en materia de educación sexual, tal vez la más “ambiciosa” aprobada hasta la fecha. Mi propósito en este artículo es la de exponer sus errores desde un enfoque liberal, criticando ciertos aspectos de la misma, así como posturas tomadas por diversos grupos sociales, como conservadores y los autodenominados progresistas.

Me gustaría empezar haciendo referencia a la cita expuesta anteriormente. Tradicionalmente atribuída a Nicolás Maquiavelo, y posteriormente a Napoleón Bonaparte, tal vez sea la que mejor resume las doctrinas filosóficas consecuencialistas y utilitaristas: el fin justifica los medios. Estas palabras no han hecho más que guiar prácticamente toda la historia de la humanidad. Nos tenemos que ir a la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano para encontrar la primera manifestación política, al menos históricamente relevante, que inició la transición del hombre entendido como medio al hombre entendido como fin en sí mismo. Esta, no obstante, no aparece de la nada. Está fundamentada principalmente en filósofos iusnaturalistas como Inmanuel Kant, cuyo pensamiento hunde sus raíces en dos absolutos: el derecho a la vida y la libertad natural del ser humano. El liberalismo es aquella doctrina política que antepone los derechos individuales, los cuales son universales, anteriores y superiores al ordenamiento jurídico positivo y al Derecho, a la voluntad del cuerpo social, bien puedan ser mayorías sociales o grupos que disponen de los medios coercitivos necesarios como para imponer su voluntad sobre las mayorías, lo que fue en su día las monarquías absolutistas y las dictaduras de corte fascista o comunista. Se basa en, a resumidas cuentas, la subordinación de la sociedad a la ley moral, como diría Ayn Rand. Se erige como garantía de la libertad individual, de pensamiento y de expresión, frente a otro tipo de colectivismos cuyo objetivo es el de imponer a los ciudadanos el pensamiento único y socialmente aceptado; mejor dicho, lo aceptado por los gobernantes y las autoridades, que son a resumidas cuentas, quienes elaboran las leyes. Los conservadores tachan esta ley de “aberración contra natura”, especialmente desde la Iglesia y grupos afines a esta. En palabras de  ciertos obispos, como por ejemplo López de Andújar y Juan Antonio Reig Plá, se trata de una “antropología en contradicción con la moral natural”. Con estas palabras lo único que hacen es retratarse a sí mismos y reflejar su profunda hipocresía. Mientras que tachan esta ley de “atentado contra la libertad”, ellos pretenden imponer la verdadera moral, la moral cristiana, pues según ellos, esta se trata de la única verdadera y en consonancia con la naturaleza del ser humano. Por tanto, a lo que debe aspirar la Iglesia es a ejercer la presión que haga falta para derogar la ley actual a fin de aprobar otra nueva que imponga los valores éticos auténticos, claro esta, según ellos. Esto no es más que un nuevo ataque a la moral privada, simplemente que se articula desde otra perspectiva. Múltiples obispos estarían deseosos de poder utilizar su influencia sobre la clase política para que esta moldeara a los individuos conforme a sus valores. Esta es una de las lacras más distintivas del conservadurismo, la cual es a su vez su sello distintivo y su esencia. Este se ve forzado a replegarse a medida que el respeto por la libertad y la tolerancia arraigan en el cuerpo social. No obstante, esta no es la única forma de pensamiento colectivista posible. Nadie niega las buenas intenciones que inspiran a la ley LGBT, el problema es que es un “más de lo mismo”, es decir, echar mano del poder estatal para imponer los valores de un cierto sector la población violentando la moral privada de otros tantos. La educación en valores ha de ser competencia de las familias, no del Estado, el cual por medio del sistema educativo obliga a los docentes a imponer los valores morales aceptados por el status quo, a parte de sancionarlos con onerosas multas si se desvían un milímetro de las pautas que les llegan desde instancias superiores. No, señor Bonaparte, el fin no justifica los medios. El Estado no puede servir como instrumento adoctrinador de las clases dirigentes, independientemente de si estas son profundamente católicas, más ateas que un materialista o más agnósticas que un escéptico. Existen otras muchas vías de apoyar al colectivo LGBT que no sea mediante la imposición forzada de ciertos valores con los que algunos no concuerdan. Yo puedo estar de acuerdo con muchas de las ideas defendidas por este colectivo, de hecho lo estoy, pero entiendo que no puedo pretender imponer mi moral, aun cuando jueguen a mi favor, utilizando el Estado como un instrumento para imponer mis ideas o mis preferencias. No se es liberal a ratos, ni tampoco se defiende la libertad de pensamiento sábados sí y domingos no. Yo no soy católico y aún así no pretendo que se imponga mi moral deísta como imperativo absoluto. Tampoco soy socialista o conservador y no por ello defiendo leyes que legislen en contra de estas ideologías. La tolerancia es condición sine qua non de cualquier Estado de Derecho, lo cual implica que no puede utilizarse este con fines adoctrinadores. No soy quién para condenar a una persona que considere que las prácticas homosexuales van contra natura, siempre en cuando estas no se traduzcan en agresiones físicas o verbales, o en última instancia, en un recorte de libertades, pues estas terminan donde empiezan las de los demás. Tampoco soy quién para reprender a aquellos que consideren que la heterosexualidad es una enfermedad ni delirios varios. El avance de la libertad lo han consumado los ciudadanos a pie de calle día a día, no el Estado, el cual ha sido utilizado con fines cuanto menos reprobables en numerosas ocasiones. El progreso viene de mano de la tolerancia, del aperturismo y de la concienciación social desde abajo, no impuesta desde arriba. No actuemos conforme a un modus operandi represor y coactivo. A la meta llegaremos poco a poco, pero el camino se empieza a hacer desde ahora.

Libertas perfundet omnia luce

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