¿BACHILLERATO DE EXCELENCIA? SIN LUGAR A DUDAS

“Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado” Miguel de Unamuno

Hace poco asistí a la que fue sin lugar a dudas la celebración más importante de mi vida. Los alumnos del IES San Mateo pusimos el broche a los que han sido dos años dorados de nuestra carrera académica y, personalmente, los más satisfactorios de mi vida. No me podía esperar ni por asomo cuando abandoné mi antiguo instituto que lo que estaba a punto de encontrarme cambiaría tanto mi forma de ser y de pensar. No me podía imaginar el primer día que crucé aquellas puertas, mientras atendía a una ponencia de agujeros negros y física moderna, que el tiempo que me esperaba iba a socavar los cimientos de mi vida pasada e iba a construir una nueva realidad, totalmente distinta a lo que estaba acostumbrado hasta la fecha, y que ahora veo como necesaria e imprescindible en mi entrada a la vida adulta. Muchas cosas han cambiado desde que la quinta generación de alumnos que querían ser excelentes entrase a formar parte de un proyecto educativo para nada exento de críticas y burlas. El objetivo de este artículo, bueno, mejor dicho, los objetivos, son dos: el primero de ellos, que sirva como estímulo para todo aquel que se esté planteando estudiar el Bachillerato de Excelencia y en especial en el San Mateo, y segundo, desmontar las acusaciones falaces y superficiales que nos tachan de elitistas y de empollones aislados del resto de gente de su edad.

Vayamos por partes. La cita que adorna este artículo no es en absoluto casual. Ni su contenido ni el autor de esta, aunque he de reconocer que el hecho de que haya escogido una de Unamuno se debe en especial a motivos estrictamente personales. Muchos de nosotros, y creo que no generalizo en absoluto cuando digo que las cinco generaciones que se han aventurado en este viaje, tuvimos la valentía, o quizás la osadía, de echarnos en brazos de lo desconocido, de aquello que era nuevo para nosotros. Creo que también hablo en nombre de todos cuando digo que lo hubiéramos tenido mucho más fácil quedándonos en nuestros respectivos institutos, adornándonos con falsas medallitas puestas por nuestros antiguos profesores, o incluso por nosotros mismos, a lo que me incluyo yo, y haber recolectado una buena cosecha de sobresalientes que nos hubiera permitido optar a la carrera que queríamos en un primer momento. Por eso mismo me asombro cada vez al pensar que un grupo de chavales con dieciséis años recién cumplidos se atrevieran a dar un paso de gigante únicamente por amor al saber, por obtener una formación personal enriquecedora de mano de catedráticos y doctores, que les configurara como estudiantes y como mejores personas. El famoso “Summa im primis” que reza bajo la insignia de nuestro centro, podría haber sido perfectamente el “Wage zu wissen” de Kant, o como se conoce en latín, “Sapere Aude”. Estoy firmemente convencido después de estos dos años de ver como las clases de Mecánica Cuántica de por las tardes se abarrotaban de alumnos que voluntariamente permanecían en el instituto tres o cuatro horas más que el amor platónico, el amor por el conocimiento, es una ley grabada a fuego el corazón del ser humano. Clases enteras hablando de la literatura en Borges para darnos cuenta de lo indistinguible de la realidad y la ficción, clases enteras de física para entender lo que verdaderamente es la ciencia y de que a partir de unos pocos principios puede deducirse el complejo armazón que la fundamenta, clases enteras de filosofía debatiendo sobre la dignidad del hombre y la autonomía moral, clases enteras de matemáticas enfrentándonos a problemas de Olimpiada que a duras penas entendíamos y que finalmente, tras esfuerzo, perseverancia y trabajo en grupo conseguimos resolver. Idas y venidas por los pasillos del instituto debatiendo con nuestros compañeros sobre el papel de la razón en la moral, sobre política, sobre materialismo e idealismo, sobre la visión unamuniana de la razón como causante de la infelicidad… Cada clase ha sido una batalla que hemos librado contra nosotros mismos, un pequeño conflicto existencial que nos ha dejado marcados hasta tal punto que nos miramos ahora al espejo, años después, y ni si quiera nos reconocemos. No somos en absoluto los mismos que cuando nos sentamos por primera vez en el Auditorium para recibir la bienvenida del director y de los profesores y desearnos suerte en el camino que nos tocaba aún por recorrer. En ese momento pensábamos en la excelencia como una meta, como el punto de llegada, como premio a los esfuerzos que estaban por venir. Mirarnos los unos a los otros a los ojos y comprobar que esa excelencia se parece más bien a la Ítaca que describe Constantino Cavafis en su conocido poema, como les gusta señalar a algunos compañeros, nos da a comprender la verdadera esencia de este proyecto. No entramos siendo excelentes ni salimos siendo excelentes. Recogemos nuestras pertenencias y hacemos nuestras maletas habiendo comprendido que estamos aún muy muy lejos de la excelencia. El trabajo de dos años se puede resumir en el “yo solo sé que no sé nada” de cierto filósofo ateniense, y en las ganas y la emoción de emprender ese camino sin fin que aún nos queda por recorrer. Nadie me podrá quitar los buenísimos momentos que he pasado con mis compañeros, las conversaciones y los paseos por la calle Fuencarral, las tardes en el Retiro, los miércoles de traje, las “bebidas ácidas” o cafés que me habré tenido que tomar antes de los exámenes, todo lo que habré llorado leyendo libros como “San Manuel Bueno Mártir” y lo que habré disfrutado con otros tantos como “1984”. Días de lluvia en la biblioteca pensando en cómo dilatar el tiempo para poder entregar mi proyecto de investigación antes de la fecha límite, los abrazos diarios de mi compañera cada vez que nos dábamos los buenos días, el famoso “Din don” seguido de “Un día más en el San Mateo” y todos los viajes en los recreos en busca de palmeritas de chocolate, de los bollitos de Pedro y de napolitanas en el Día de Barceló.

No somos élites. Más nos gustaría a nosotros. No somos excelentes. Ojalá algún día lleguemos a serlo. Ojalá algún día entremos en Ítaca gritando “lo conseguimos”, pero este no es ni mucho menos el momento, y en mi humilde opinión, nunca creo que llegue. Somos jóvenes que simplemente suplimos nuestras necesidades. “La cultura no se come”, dijo en su día un ministro del gobierno de la República Italiana. Cierto, la cultura no se come. Pero he de decirles que es una necesidad igual de importante que el comer. El hombre es un ser de necesidades como dijo Marx, pero no de necesidades únicamente materiales, sino de necesidades intelectuales y espirituales. Nuestro único pecado ha sido el de seguir nuestra naturaleza, el de seguir la ley que hay impresa en el corazón de todo ser humano: Sapere Aude! Escuché antes de venir a este centro que era una discriminación a las mayorías, que se minusvaloraba a ciertos alumnos a costa de elevar a otros. Nada más lejos de la realidad. Son tan lícitas las necesidades de las minorías como las de las mayorías. Al igual que el Estado ha de proporcionar sostén a las segundas, ha de hacerlo también para las primeras. Es nuestra obligación la de dar cabida en nuestro sistema educativo a todo tipo de estudiantes, a todo tipo de individuos, cuyas necesidades y ambiciones son en muchos casos muy distintas. Solo así conseguiremos al fin ponernos al nivel de nuestros hermanos europeos. El Bachillerato de Excelencia ya existe en Francia, Alemania, EEUU y en muchos otros países de nuestra órbita. La educación no es un gasto, es una inversión. No traten de cercenar las alas de aquellos que quieren darlo todo por su país y que con su formación lo que pretenden es ayudar a los suyos a lograr las metas que se proponen. Del futuro de un país no participan las mayorías, participamos todos, así que brindemos apoyo a aquellos que quieren poner todo su empeño en formarse y están dispuestos a explorar sus límites y a derribar las barreras que sean necesarias. Nos lo debéis, os lo debemos.

 

SUMMA IN PRIMIS – ¡GRACIAS POR TODO!

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