Lirios para un difunto

Manuel se despertó en el vagón de un tren completamente desierto. Los sillones estaban vacíos y la única muestra de vida dentro de este eran los gritos ahogados de una mujer que provenían del vagón contiguo. Manuel no alcanzaba a escuchar lo que decía, ni tampoco los hizo mucho caso en un principio. Bastante tenía con situarse y saber dónde demonios se encontraba. El paraje era desolador. Las paredes del tren estaban pintadas con colores chillones y el sentimiento de alegría que proyectaban contrastaba de sobremanera con la soledad en la que estaba sumido todo el habitáculo. Días estuvo el joven escritor tanteando las paredes, abrazado el suelo e incluso rezando a un Dios en el que ni siquiera creía. Todo para comprender qué curiosa casualidad del destino le había llevado allí. Finalmente, para sorpresa de Manuel, el traqueteo del tren cesó para dar lugar a un silencio mortificador. Algo había ocurrido. ¡El tren había parado en una estación! La emoción le embriagó por completo y salió corriendo del vagón para dirigirse a la puerta que daba al exterior. Cuando la cruzó, le dio la bienvenida otro vagón, para su sorpresa e inquietud idéntico al anterior, salvo porque las paredes estaban bastante más descoloridas y desmejoradas y se escuchaban con más viveza y más claridad los gritos agónicos de otra mujer, que a diferencia de aquellos que había dejado atrás en el primer tren, destacaban por ser mucho más musicales y desgarradores de lo que jamás podría haber imaginado. Los meses pasaron. Las estaciones se sucedieron y el paso inexorable del tiempo había dejado surcos y cicatrices en la cara y en las manos de Manuel. Por muchos vagones más tuvo que pasar, y cada vez los colores eran más y más pálidos y los gritos de la mujer más macabros y a la vez exóticos. Lo que en un primer momento le parecieron al joven poeta sollozos y plegarias desconsoladas ahora le parecían exuberantes cánticos de sirena que cautivaban su corazón hasta tal punto que sería capaz de tirarse al mar cual navegante para reunirse con aquella delicia que servía de refugio para su alma marchita y decrépita. Ya nada importaba. Ni las paradas ni las paredes carcomidas del vagón le llamaban la atención a Manuel. Los cánticos de la mujer llevaban su alma a lugares remotos, insospechados para una persona que tan solo conocía la triste realidad de un infinito vagón de tren en el que llevaba encerrado meses, años y tal vez una vida entera, quién sabe. Finalmente, se aventuró y abrió la tan hermética y codiciada puerta. Estaba dispuesto a fundir su yo con aquello que se escondiera tras esa puerta de madera de ciprés con rosas rojas y amapolas estampadas. Tras empujar la puerta, lo primero y único que vio fue la espalda de una silueta negra recostada en una silla frente a una hoguera. Le recorrió el cuerpo un escalofrío. Jamás había visto cosa tan majestuosa y a la vez tan terrorífica. Era una auténtica obra de arte por todos los costados. Su respiración se agitó cuando la siniestra silueta se levantó y se dirigió hacia él con una amplia sonrisa esbozada por sus labios color carmesí. Su deseo de fundir los suyos con los de aquel majestuoso ser le llevó a dar un paso al frente y a consumar su deseo.

Al día siguiente, Manuel despertó en otro vagón, mucho más oscuro que todos los anteriores y a la vez más siniestro. Dirigió los ojos a las paredes esperando ver los típicos colores que habían caracterizado a todos aquellos en los que había estado hasta ahora, pero para su sorpresa lo que vio fue un gran ventanal. Al sacar la cabeza, quedó maravillado por la imagen de un gran número de cipreses sobre los cuales se alzaba una luna en cuarto menguante, brillante y poderosa, que ejercía su dominio sobre todo aquello que iluminaba. En ese mismo momento, se percató de que, por primera vez en toda su vida, ya no escuchaba los gritos de la mujer del vagón contiguo. Manuel, desesperado, corrió hacia la puerta y, a su pesar, se dio cuenta de que ya nada quedaba de las rosas rojas y de las amapolas estampadas en esta la noche anterior, sino únicamente rosas negras y lirios que decoraban la puerta del engaño. Al girarse, comprobó alarmado como unos ojos negros y redondos de muñeca en la oscuridad se clavaban en los suyos y como de esos labios carmesí ya solo se escapaban cantos descarnados y terroríficos que oficiaban el funeral por un alma vendida al diablo.

 

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